martes, 31 de julio de 2012

SELECTIVIDAD LENGUA: COMENTARIOS DE TEXTOS


  • TEXTO I

LLAMADA

No había nadie en el bar salvo ellos dos, una pareja de adolescentes sentados frente a frente, bebiendo inocentes refrescos de naranja. En la mesa entre los vasos habían dejado abiertos los teléfonos móviles, que sonaban a veces y entonces él o ella se ponía a charlar alegremente con un ser ajeno e invisible mientras el otro se quedaba hierático. El chico estaba muy enamorado de la chica, pero era incapaz de manifestarle su pasión. Sólo se atrevía a mirarla con intensidad a los ojos y ella ya había captado las turbulencias del corazón de su amigo y también le amaba, pero no podía ayudarle en nada, debido a su extremada timidez. Hablaban de cosas anodinas, sin comprometerse en absoluto. Las palabras iban del uno al otro directamente a través de la vibración del aire sobre el mármol de la mesa. El chico necesitaba declararle su amor y la chica esperaba que lo hiciera ya de una vez, un sueño imposible, porque entre ellos había una barrera psicológica insalvable. (...) El corazón de los adolescentes tiene hoy un compartimento más. Se compone de dos ventrículos, de dos aurículas y de un teléfono móvil, que también bombea sangre. De pronto, este joven tímido y enamorado tuvo una inspiración. Usó el móvil para hablar con la chica que tenía delante sin dejar de mirarla profundamente a los ojos. Cuando sonó la llamada la chica descolgó. La pareja comenzó a hablarse de forma descarnada como si fueran invisibles. Ninguno de los dos ignoraba que a través de los móviles su voz se convertía en ondas electromagnéticas, viajaba al espacio sideral y luego volvía para penetrar en el cerebro del otro. Brutalmente desinhibido el chico le dijo que la amaba. La chica le contestó que todas las noches soñaba con él, pero sus expresiones de amor sin amarras tenían dos vehículos: una voz recorría el aire sobre la mesa del bar por medio de la vibración natural y sonaba terriblemente vulgar, la otra bajaba desde un satélite de la estratosfera cargada de libertad e imaginación. "Te amo, te amo", ‑le decía el chico. "Oigo dos voces a la vez, ¿a cuál de ellas debo creer?", ‑preguntó ella. El chico le dijo que creyera en el amor (...).

Manuel Vicent, El País (08/12/2002)
            
PREGUNTAS



1.   Escriba un breve resumen del texto. (Puntuación máxima: 1 punto)
2.   Indique el tema y la organización de ideas en el texto. (Puntuación máxima: 2 puntos)
3.   Comentario crítico sobre el contenido del texto. (Puntuación máxima: 3 puntos)
4.   Responda a una de las siguientes cuestiones: (Puntuación máxima: 2 puntos)
   a)       Explique las relaciones sintácticas que se establecen entre las oraciones del siguiente  fragmento:
              El chico deseaba declararle su amor y la chica esperaba que lo hiciera ya de una ves, un sueño imposible, porque entre ellos había una barrera psicológica insalvable
b)       Explique el tiempo, modo y aspecto de las formas verbales subrayadas en el fragmento:
Brutalmente desinhibido el chico le dijo que la amaba. La chica le contestó que todas las noches soñaba con él, pero sus expresiones de amor sin amarras tenían dos vehículos: una voz recorría el aire sobre la mesa del bar por medio de la vibración natural y sonaba terriblemente vulgar, la otra bajaba desde un satélite de la estratosfera cargada de libertad e imaginación. "Te amo, te amo"‑le decía el chico. "Oigo dos voces a la vez, ¿a cuál de ellas debo creer?"‑ preguntó ella.” 
5.   Desarrolle una de las siguientes opciones: (Puntuación máxima: 2 puntos)
a)     Explique las características más importantes del lenguaje periodístico.
         b)    Describa las características de los principales subgéneros periodísticos.

  • TEXTO II (Con solución)
 San Manuel Bueno, mártir (Miguel de Unamuno)

Y no me olvidaré jamás del día en que diciéndole yo: «Pero, Don Manuel, la verdad, la verdad ante todo», él, temblando, me susurró al oído -y eso que estábamos solos en medio del campo-: «¿La verdad? La verdad, Lázaro, es acaso algo terrible, algo intolerable, algo mortal; la gente sencilla no podría vivir con ella». “Y ¿por qué me la deja entrever ahora aquí, como en confesión?”, le dije. Y él: “Porque si no me atormentaría tanto, tanto, que acabaría gritándola en medio de la plaza, y eso jamás, jamás, jamás. Yo estoy para hacer vivir a las almas de mis feligreses, para hacerlos felices, para hacerles que se sueñen inmortales y no para matarlos. Lo que aquí hace falta es que vivan sanamente, que vivan en unanimidad de sentido, y con la verdad, con mi verdad, no vivirían.  Y esto hace la Iglesia, hacerlos vivir. ¿Religión verdadera? Todas las religiones son verdaderas en cuanto hacen vivir espiritualmente a los pueblos que las profesan, en cuanto les consuelan de haber tenido que nacer para morir, y para cada pueblo la religión más verdadera es la suya, la que le ha hecho. ¿Y la mía? La mía es consolarme en consolar a los demás, aunque el consuelo que les doy no sea el mío». Jamás olvidaré estas sus palabras."
 1.   Escriba un breve resumen del texto. (Puntuación máxima: 1 punto)
2.   Indique el tema y la organización de ideas en el texto. (Puntuación máxima: 2 puntos)
3.   Comentario crítico sobre el contenido del texto. (Puntuación máxima: 3 puntos)


  • TEXTO III (NARRATIVO)
Pasaje de El Camino. Capítulo III

Miguel Delibes

Le gustaba al Mochuelo sentir sobre sí la quietud serena y reposada del valle, contemplar el conglomerado de prados, divididos en parcelas, y salpicados de caseríos dispersos. Y, de vez en cuando, las manchas oscuras y espesas de los bosques de castaños o la tonalidad clara y mate de las aglomeraciones de eucaliptos. A lo lejos, por todas partes, las montañas, que, según la estación y el clima, alteraban su contextura, pasando de una extraña ingravidez vegetal a una solidez densa, mineral y plomiza en los días oscuros.

Al Mochuelo le agradaba aquello más que nada, quizá, también, porque no conocía otra cosa. Le agradaba constatar el paralizado estupor de los campos y el verdor frenético del valle y las rachas de ruido y velocidad que la civilización enviaba de cuando en cuando, con una exactitud casi cronométrica.

Muchas tardes, ante la inmovilidad y el silencio de la Naturaleza, perdían el sentido del tiempo y la noche se les echaba encima. La bóveda del firmamento iba poblándose de estrellas y Roque, el Moñigo, se sobrecogía bajo una especie de pánico astral. Era en estos casos, de noche y lejos del mundo, cuando a Roque, el Moñigo, se le ocurrían ideas inverosímiles, pensamientos que normalmente no le inquietaban:

Dijo una vez:
—Mochuelo, ¿es posible que si cae una estrella de ésas no llegue nunca al fondo?
Daniel, el Mochuelo, miró a su amigo, sin comprenderle.
—No sé lo que me quieres decir —respondió.
El Moñigo luchaba con su deficiencia de expresión. Accionó repetidamente con las manos, y, al fin, dijo:
—Las estrellas están en el aire, ¿no es eso?
—Eso.
—Y la Tierra está en el aire también como otra estrella, ¿verdad? —añadió.
—Sí; al menos eso dice el maestro.
—Bueno, pues es lo que te digo. Si una estrella se cae y no choca con la Tierra ni con otra estrella, ¿no llega nunca al fondo? ¿Es que ese aire que las rodea no se acaba nunca?
Daniel, el Mochuelo, se quedó pensativo un instante. Empezaba a dominarle también a él un indefinible desasosiego cósmico. La voz surgió de su garganta
indecisa y aguda como un lamento.
—Moñigo.
—¿Qué?
—No me hagas esas preguntas; me mareo.
—¿Te mareas o te asustas?
—Puede que las dos cosas —admitió.
Rió, entrecortadamente, el Moñigo.
—Voy a decirte una cosa —dijo luego.
—¿Qué?
—También a mí me dan miedo las estrellas y todas esas cosas que no se abarcan o no se acaban nunca. Pero no lo digas a nadie, ¿oyes? Por nada del mundo querría que se enterase de ello mi hermana Sara.

El Moñigo escogía siempre estos momentos de reposo solitario para sus confidencias. Las ingentes montañas, con sus recias crestas recortadas sobre el horizonte, imbuían al Moñigo una irritante impresión de insignificancia. Si la Sara, pensaba Daniel, el Mochuelo, conociera el flaco del Moñigo, podría, fácilmente, meterlo en un puño. Pero, naturalmente, por su parte, no lo sabría nunca. Sara era una muchacha antipática y cruel y Roque su mejor amigo. ¡Que adivinase ella el terror indefinible que al
Moñigo le inspiraban las estrellas!
Al regresar, ya de noche, al pueblo, se hacía más notoria y perceptible la vibración vital del valle. Los trenes pitaban en las estaciones diseminadas y sus silbidos rasgaban la atmósfera como cuchilladas. La tierra exhalaba un agradable vaho a humedad y a excremento de vaca. También olía, con más o menos fuerza, la hierba según el estado del cielo o la frecuencia de las lluvias.
A Daniel, el Mochuelo, le placían estos olores, como le placía oír en la quietud de la noche el mugido soñoliento de una vaca o el lamento chirriante e iterativo de una carreta de bueyes avanzando a trompicones por una cambrera.

  • TEXTO IV (NARRATIVO)
Todos hablaban a menudo de sus padres. Uno de ellos, Tino, con aspecto de cachorro grande y que tenía cada ojo de un color, estaba orgulloso de su padre porque era picador de toros además de oficinista. Disfrutábamos cuando el enorme coche de cuadrillas que funcionaba con gasógeno iba a recogerle y él aparecía, espigado y grave, en el portal con su espectacular traje de luces. Otro de los integrantes del grupo de la esquina, Pepe Amigo, se ufanaba de que su padre cazaba pájaros los domingos en Paracuellos del Jarama: con redes en primavera y con liga durante el invierno. Tenía su casa, diminuta y pobre, llena de jaulas con jilgueros que cubrían por las noches para que descansaran de su agitación durante el día. Al padre de Pepe Amigo le admirábamos porque tenía una motocicleta Gilera con el cambio de marchas en el depósito de gasolina, de forma que, fuera a la velocidad que fuera, tenía que soltar una mano del manillar para cambiar de marcha y eso nos parecía una proeza. Y ello a pesar de que era cojo y llevaba un alza enorme en el zapato derecho.

También recuerdo a los dos hermanos Chaburre, que tenían doce vacas en el patio interior del edificio y abastecían de leche a la vecindad, que acudía a comprarles con las lecheras de aluminio. Su padre las ordeñaba y, en las raras ocasiones en que nos dejaban pasar a verlas, todos pensábamos en el valor que implicaba ordeñar aquellas bestias tan enormes y tan hoscas. Podría enumerar las razones por las cuales todos admirábamos a los padres de los habitantes de la manzana. Ésta fue la única compensación que tuve el día en que se hizo público que el mío no sólo no había muerto sino que estaba en casa cuidándome desde el interior de un armario.
Alberto Méndez, Los Girasoles Ciegos


  • TEXTO V    (CON SOLUCIÓN)
"EL VIAJE DEFINITIVO". JUAN RAMÓN JIMÉNEZ


…Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Todas la tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado.
mi espíritu errará, nostálgico…

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.
 

Poemas agrestes (1910-1911)



  • TEXTO VI
EL HOSPICIO, Antonio Machado.


Es el hospicio, el viejo hospicio provinciano,
el caserón ruinoso de ennegrecidas tejas
en donde los vencejos anidan en verano
y graznan en las noches de invierno las cornejas.

Con su frontón al Norte, entre los dos torreones
de antigua fortaleza, el sórdido edificio
de agrietados muros y sucios paredones,
es un rincón de sombra eterna. ¡El viejo hospicio!

Mientras el sol de enero su débil luz envía,
su triste luz velada sobre los campos yermos,
a un ventanuco asoman, al declinar el día,
algunos rostros pálidos, atónitos y enfermos,

a contemplar los montes azules de la sierra;
o, de los cielos blancos, como sobre una fosa,
caer la blanca nieve sobre la fría tierra,
¡sobre la tierra fría la nieve silenciosa!...

Antonio Machado: Campos de Castilla (1907-1917)


  • TEXTO VII
ROMANCE DE LA PENA NEGRA

            A José Navarro Pardo

Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora,  
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.
Cobre amarillo, su carne,
Huele a caballo y a sombra.
Yunques ahumados sus pechos,
gimen canciones redondas.
Soledad: ¿por quién preguntas
sin compaña y a estas horas?
Pregunte por quien pregunte,
dime: ¿a ti qué se te importa?
Vengo a buscar lo que busco,
mi alegría y mi persona.
Soledad de mis pesares,
caballo que se desboca,
al fin encuentra la mar
y se lo tragan las olas.
No me recuerdes el mar
que la pena brota
en las tierras de aceituna
bajo el rumor de las hojas.
¡Soledad, qué pena tienes!
Lloras zumo de limón
agrio de espera y de boca.
¡Qué pena tan grande! Corro
mi casa como una loca,
mis dos trenzas por el suelo
de la cocina a la alcoba.
¡Qué pena! Me estoy poniendo
de azabache, carne y ropa.
¡Ay mis camisas de hilo!
¡Ay mis muslos de amapola!
Soledad: lava tu cuerpo
con agua de las alondras,
y deja tu corazón
en paz, Soledad Montoya.

            *

Por abajo canta el río:
volante de cielo y hojas.
Con flores de calabaza,
la nueva luz se corona.
¡Oh pena de los gitanos!
Pena limpia y siempre sola.
¡Oh pena de cauce oculto
y madrugada remota!

            Federico García Lorca.
            Romancero gitano.
  • TEXTO VIII
"unos cuerpos son como flores"- Luis Cernuda.
Unos cuerpos son como flores,
Otros como puñales,
Otros como cintas de agua;
Pero todos, temprano o tarde,
Serán quemaduras que en otro cuerpo se agranden,
Convirtiendo por virtud del fuego a una piedra en un hombre.
Pero el hombre se agita en todas direcciones,
Sueña con libertades, compite con el viento,
Hasta que un día la quemadura se borra,
Volviendo a ser piedra en el camino de nadie.
Yo, que no soy piedra, sino camino
Que cruzan al pasar los pies desnudos,
Muero de amor por todos ellos;
Les doy mi cuerpo para que lo pisen,
Aunque les lleve a una ambición o a una nube,
Sin que ninguno comprenda
Que ambiciones o nubes
No valen un amor que se entrega.
  • TEXTO IX

Detectives


El chaval se enteró por casualidad de que sus padres le habían puesto un detective para averiguar qué hacía la noche de los sábados y él respondió poniéndoles otro para averiguar quiénes eran ese par de extraños que todo lo arreglaban con dinero. Cuando los padres le mostraron con gesto grave un vídeo en el que aparecía fumándose un canuto en compañía de unos amigos, el chaval sacó una cinta en la que se veía a su madre en la peluquería presumiendo, mientras se hacía las uñas, de ser una experta en la explotación de criadas marroquíes.  Las criadas le llegaban a través de una empresa de trabajo temporal de la que era gerente su marido y que surtía también a la construcción de trabajadores con contratos basura, dos de los cuales habían perdido la vida la última semana por falta de medidas de seguridad.

Después de que los padres entregaran al chaval un informe en el que se decía que durante el último trimestre del curso no había acudido a clase más que tres o cuatro días, el hijo sacó otro según el cual tanto el padre como la madre se habían manifestado, en una cena de amigos, a favor de que Aznar hubiera mentido en el Parlamento y en la televisión para justificar la invasión de Irak, así como de perpetuar el trato terrorista que dábamos a los presos de Guantánamo porque «esos perros», como los había calificado el padre tras posar la copa de vino, no se merecen otra cosa.  Según el mismo informe, su madre y su padre habían tenido no hace mucho una pelea en público.  El motivo de la discusión era que ella le reprochaba no haber sido invitado todavía a jugar al pádel en La Moncloa.

Cuando los padres sacaron unas fotografías del chico besándose en una esquina con su amiga, el chico sacó unas fotos de su padre metiéndole mano a una adolescente en un club de carretera donde le hacían descuento, ya que a través de la ETT que regentaba, y en la que tenía en nómina a un par de políticos, surtía de inmigrantes desesperadas la barra de varios clubes de alterne.  Cuando los padres dejaron de sacar documentos, el chico todavía les mostró un par de fotos en las que aparecían en misa de doce. «¿Quién debería rezar por quién?», preguntó el chaval, que sin embargo era ateo.

                                                                                   Juan José Millás, El País. (05109/2003)




  • TEXTO X


Carta abierta a uno de la camada


Peligroso adolescente:
Reconozco que es mucho más emocionante acorralar a un miembro de una banda rival, que estudiar el cultivo de las fanerógamas.  Y que las actividades colectivas, pandilleras, diluyen la responsabilidad y encuentras en ellas el calor que a lo mejor no hallas ni en la escuela, ni en la familia.  Pero esto es un sueño pasajero, porque no conoces a ningún tipo que a los cuarenta tacos actúe en pandilla.  Y un sueño que puede terminar en un correccional, primero, en la cárcel, después.  La vida no está organizada para la pandilla, sino para el individuo.  Te unes a una mujer tu solo, no la pandilla; te examinas tú solo, y solo acudes a la entrevista de trabajo, y solo tienes que hacer frente a la muerte, porque cuando muere alguien se muere él solo, sea de tu banda o de la banda rival.
Y no resucita.  En los videojuegos, los muertos resucitan a la partida siguiente, pero en la vida real la muerte es irreversible.
Lo siento, chico, pero esa actividad tan emocionante no tiene porvenir.  Ni siquiera es valiente, porque la manada protege, y la manada es lo que más le gusta al cobarde, puesto que es allí donde se diluye su cobardía y donde puede hacerse la ilusión de ser fuerte.  Sólo los valientes asumen su individualidad y su responsabilidad, y luchan con su inteligencia y con su esfuerzo en luchas más dignas y con mejores recompensas, aunque tengan una apariencia menos sensacional.  Y, lo malo, encima, es que te manipulan.  Los jefes de la manada, que te abandonarán a la suerte de los jueces y las penas que caigan, y los delincuentes infiltrados que te consideran un estúpido y apasionado compañero de viaje.  Desde luego, no es emocionante el estudio, ni el trabajo.  Pero tampoco es emocionante pasar los días en un centro de reclusión, con la obsesión de aguardar el día de salida.  Y, total, nadie va a hacer de ti un héroe, porque no eres carne de ídolo, sino de delincuente, a no ser que te separes de la camada.
                         Luis del Val, sección «Carta abierta», Programa Hoy por Hoy, Cadena Ser.

  • TEXTO XI


Medios

   Ya se sabe que las cosas sólo existen si salen en las noticias, pero este axioma mediático parece ser cada día más verdadero.  Por ejemplo, me pregunto por qué el caso de Marta del Castillo se ha convertido en un acontecimiento de semejante magnitud.  Desde luego es una tragedia y, para los padres, un infierno absoluto.  En su lugar, todos estaríamos igual de convencidos de que no ha sucedido nada más atroz.  Pero, por desgracia, la vida abunda en atrocidades.  A juzgar por los indicios, en el drama de Marta no parece haber habido el horror añadido que hubo en otras muertes, como, por ejemplo, la de Sandra Palo.  Quiero decir que hay demasiadas historias espantosas, adolescentes violadas y asesinadas, mujeres apaleadas y quemadas, niños torturados hasta dejarlos inválidos, y ninguna de estas brutalidades se convierte en un asunto de prioridad nacional ni los familiares de las víctimas son recibidos por Zapatero como ocurre con Marta. ¿Qué ha pasado en esta ocasión?  Puede que una pura casualidad informativa: alguien de la prensa local que se fija en el tema, alguien de la nacional que lo recoge porque tal vez esté flojo de noticias... Así se va formando una pelota histérica.  Los medios construyendo la realidad.
   Más aún: los medios suplantando nuestra vida.  La británica Jade, disparatada concursante de Gran Hermano y enferma de cáncer terminal, piensa morir ante las cámaras previo pago de un pastón.  En esta sociedad somos capaces de chatear en directo con Australia, pero puede que no sepamos que nuestro vecino está moribundo. Cada vez huimos más de nuestras responsabilidades personales: nos escaqueamos del cuidado de nuestros enfermos y de sus agonías.  Pero el final de Jade será contemplado por millones.  Es como convertir la experiencia de la muerte en un descafeinado y manejable tamagotchi.  Qué mundo tan raro.
                                                                                                                              Rosa Montero, El País. (24/02/2009)

  • TEXTO XII

SERES HUMANOS

Maruja Torres

                  Se debate acerca de si nos habríamos metido en la que estamos de haber mandado las mujeres. O más mujeres. Dejado claro que hacen falta más mujeres en los puestos altos de la política y en la dirección de las empresas, resulta dudoso que la feminidad suponga en sí misma un plus favorable. Como si por el simple hecho de ser mujer ya se poseyeran, de nacimiento, las cualidades necesarias para no conducir los asuntos al abismo: sensatez, capacidad de diálogo, sensibilidad hacia los demás, incapacidad para la especulación... Bueno, eso me parece francamente discriminatorio. Sería como decir que los negros bailan mejor porque están más dotados para el ritmo, o que los árabes pueden fabricar perfumes más interesantes porque tienen las fosas nasales más anchas, o que ser gay garantiza un olfato impecable para la decoración de interiores. Un disparate. Sí es cierto que necesitamos otro tipo de personas, de cualquier sexo. Personas con valores distintos, cuyo sentido de la responsabilidad en el mando sea más importante que su tendencia a someterse a la falocracia del poder -en el sentido de mira qué grande que lo tengo, qué grande que soy, qué rico me he hecho-, hasta ahora tan en boga. Hombres y mujeres con principios. Que no contemplen el capital que se les ha dado para administrar, o el territorio político para el que deben trabajar, como un simple medio de autopromoción y de rapiña. Conozco a unas cuantas mujeres que se consideran feministas y que no le harían ascos a una estafa de la pirámide como la de Madoff.
También conozco a otras que llegaron por sus propios méritos a los aledaños del poder. Una vez allí, al aspirar la viciada atmósfera de las cumbres, vomitaron y se fueron a casa. Hombres de esta clase también conozco. Aunque menos.

  • TEXTO XIII


El 25 de abril de 1998 fue el día del desastre del vertido tóxico de Aznalcóllar. Ante el mayor desastre ecológico de Europa todos estuvieron a una para hacerlo irreversible. Hoy, la Junta de Andalucía puede decir con orgullo que la zona está en mejores condiciones que antes de que se produjera el vertido. El Centro Superior de Investigaciones Científicas, la Estación Biológica de Doñana, los técnicos, científicos, políticos, ciudadanos de a pie que participaron en los titánicos trabajos de limpieza; todos los que han trabajado y siguen trabajando en la recuperación de la zona, pueden estar orgullosos de haber demostrado que si se quiere se puede y que nada reversible tiene que ser irreversible, si se pone empeño político, conocimiento, voluntad y dinero para que las cosas funcionen como tienen que funcionar.
La recuperación de lo que fue un mar de lodos; la vuelta al lugar de pájaros, peces, reptiles, insectos, la vida en fin, es una realidad que debe ser celebrada. La imagen de las instalaciones de explotaciones fotovoltaicas, productoras de energía limpia, sobre lo que fue la balsa de la que salió el veneno; cada uno de los logros tras la gesta de limpieza de los suelos envenenados, debe conocerse. En los días del desastre hubo quienes se excedieron en la apreciación sobre la imposibilidad de recuperar el lugar, a la vista está que, felizmente, se equivocaron. El pesimismo recorrió el mundo y, por lo mismo, sería justo que de lo hecho se supiera en el mundo o, al menos, en la España presta a atender noticias de desastres, siempre que se sirvan desde una Andalucía tantas veces mal contada.
Mª Esperanza Sánchez, El Correo de Andalucía. (24/04/2008)

  • TEXTO XIV (DRAMÁTICO)


Leonardo: ¡Calla!

Novia:
Desde aquí yo me iré sola.
¡Vete! ¡Quiero que te vuelvas!
Leonardo:
¡Calla, digo!
Novia:
Con los dientes,
con las manos, como puedas.
quita de mi cuello honrado
el metal de esta cadena,
dejándome arrinconada
allá en mi casa de tierra.
Y si no quieres matarme
como a víbora pequeña,
pon en mis manos de novia
el cañón de la escopeta.
¡Ay, qué lamento, qué fuego
me sube por la cabeza!
¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!
Leonardo:
Ya dimos el paso; ¡calla!
porque nos persiguen cerca
y te he de llevar conmigo.
Novia:
¡Pero ha de ser a la fuerza!
Leonardo:
¿A la fuerza? ¿Quién bajó
primero las escaleras?
Novia:
Yo las bajé.
Leonardo:
¿Quién le puso
al caballo bridas nuevas?
Novia:
Yo misma. Verdad.
Leonardo:
¿Y qué manos
me calzaron las espuelas?
Novia:
Estas manos que son tuyas,
pero que al verte quisieran
quebrar las ramas azules
y el murmullo de tus venas.
¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Aparta!
Que si matarte pudiera,
te pondría una mortaja
con los filos de violetas.
¡Ay, qué lamento, qué fuego
me sube por la cabeza!
Leonardo:
¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!
Porque yo quise olvidar
y puse un muro de piedra
entre tu casa y la mía.
Es verdad. ¿No lo recuerdas?
Y cuando te vi de lejos
me eché en los ojos arena.
Pero montaba a caballo
y el caballo iba a tu puerta.
Con alfileres de plata
mi sangre se puso negra,
y el sueño me fue llenando
las carnes de mala hierba.
Que yo no tengo la culpa,
que la culpa es de la tierra
y de ese olor que te sale
de los pechos y las trenzas.
  • TEXTO XV (DRAMÁTICO)

Pic-nic de Fernando Arrabal

 (La batalla hace furor. Se oyen tiros, bombazos, rá­fagas de ametralladora. ZAPO, solo en escena, está acurrucado entre los sacos. Tiene mucho miedo. Cesa el combate. Silencio. ZAPO saca de una cesta de tela  una madeja de lana y unas agujas. Se pone a hacer un jersey que ya tiene bastante avanzado. Suena el tim­bre del teléfono de campaña que ZAPO tiene a su lado.)
ZAPO.-Diga... Diga... A sus órdenes mi capitán... En efecto, soy el centinela de la cota 47... Sin novedad, mi capitán... Perdone, mi capitán, ¿cuándo comienza otra vez la batalla?.. Y las bombas, ¿cuándo las tiro?.. ¿Pero, por fin, hacia dónde las tiro, hacia atrás o ha­cia adelante?..  No se ponga usted así conmigo. No lo digo para molestarle... Capitán, me encuentro muy solo. ¿No podría enviarme un compañero?.. Aunque sea la cabra... (El capitán le riñe.) A sus órdenes... A sus ór­denes, mi capitán. (ZAPO cuelga el teléfono. Refunfu­ña.)
            (Silencio. Entra en escena el matrimonio TEPÁN con cestas, como sivinieran a pasar un día en el campo. Se dirigen a su hijo, ZAPO, que, de espaldas y escon­dido entre los sacos, no ve lo que pasa.)
SR. TEPÁN.- (Ceremoniosamente.) Hijo, levántate y besa en la frente a tu madre. (ZAPO, aliviado y sorpren­dido, se levanta besa en la frente a su madre con mu­cho respeto. Quiere hablar. Su padre le interrumpe.) Y ahora, bésame a mí.(Lo besa en la frente.)
ZAPO.-Pero papaítos, ¿cómo os habéis atrevido a ve­nir aquí con lo peligroso que es? Iros inmediatamente.
SR. TEPÁN.- ¿Acaso quieres dar a tu padre una lec­ción de guerras y peligros? Esto para mí es un pasatiem­po. Cuántas veces, sin ir más lejos, he bajado del metro en marcha.
      
SRA. TEPÁN.-Hemos pensado que te aburrirías, por eso te hemos venido a ver. Tanta guerra te tiene que aburrir.
ZAPO.-Eso depende.
SR. TEPÁN.-Muy bien sé yo lo que pasa. Al princi­pio la cosa de la novedad gusta. Eso de matar y de tirar bombas y de llevar casco, que hace tan elegante, resulta agradable, pero terminará por fastidiarte. En mi tiempo hubiera pasado otra cosa.  Las guerras eran mucho más variadas, tenían color. Y, sobre todo, había caballos, mu­chos caballos. Daba gusto: que el capitán decía: «al ata­que», ya estábamos allí todos con el caballo y el traje de color rojo. Eso era bonito. Y luego, unas galopadas con la espada en la mano y ya estábamos frente al ene­migo, que también estaba a ]a altura de las circunstan­cias, con sus caballos -los caballos nunca faltaban, mu­chos caballos y muy gorditos- y sus botas de charol y sus trajes verdes.
SRA. TEPÁN.-No, no eran verdes los trajes del ene­migo, eran azules. Lo recuerdo muy bien, eran azules.
SR. TEPÁN.-Te digo que eran verdes.
SRA. TEPÁN.-No, te repito que eran azules. Cuántas veces, de niñas, nos asomábamos al balcón para ver ba­tallas y yo le decía al vecinito: «Te apuesto una chocola­tina a que ganan los azules.» Y los azules eran nues­tros enemigos.

  • ACTIVIDADES SOBRE LAS CUESTIONES 4 Y 5






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